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lunes, 23 de febrero de 2015

ÉTIENNE DE LA BOÉTIE: SERVIDUMBRE Y DESOBEDIENCIA (II)




El Discurso de la servidumbre voluntaria de Étienne de la Boétie no fue la primera obra en plantear el problema del dominio y la obediencia. La cuestión de la desobediencia es tan antigua como la reflexión política y ya Sófocles (495-405 aC), en su tragedia Antígona, la justificó a través de la oposición entre las leyes tiránicas y las divinas. En la antigüedad griega y romana el poder era visto como una consecuencia natural del uso de la fuerza. La tiranía era considerada como la degradación natural de la monarquía, que debía ser combatida porque era perjudicial para el conjunto de ciudadanos libres. Esto les llevó a experimentar con formas mixtas de gobierno.

En la época medieval, el poder terrenal se consideraba derivado de poder divino, por tanto, nunca podía ser absoluto sino que debía ser limitado en la práctica. Toda persona estaba sometida a alguna autoridad superior, y todo poder terrenal estaba regulado mediante alguna ordenación jurídica. La sociedad medieval se caracterizó por ser de tipo contractual o pactista, estando derechos y obligaciones de señores y vasallos claramente codificados, y existiendo siempre una autoridad superior capaz de arbitrar en caso de desacuerdo. Así, cuando se traspasaban ciertos límites morales o cuando los señores no cumplían su parte del pacto, los vasallos tenían derecho a resistirse. Surgió toda una tradición medieval que justificaba la violencia pública ante el poder ilegítimo e incluso llegaba a promover el asesinato de monarcas infames. Se desarrolló una doctrina del tiranicidio que se remonta a Isidoro de Sevilla (560-636) y que atraviesa la Escolástica medieval con personajes como John de Salisbury (1115-1176).

La vieja sociedad contractual comenzó a dejar paso al Estado moderno. Con la decadencia del papado y del Imperio, los monarcas del siglo XVI se veían libres de deberes éticos y límites legales, ya no había ninguna instancia superior a la que apelar más allá del gobernante. Fue también la época en que la política comenzó a ser estudiada por derecho propio, y no como una rama de la teología o de la moral. Durante el Renacimiento los principios divinos y hereditarios del poder habían empezado a ser cuestionados, y los poderosos se vieron forzados a aceptar los consejos de expertos en la materia.

El más destacado de estos expertos fue Maquiavelo (1469-1527), que es el precedente más directo del Discurso de La Boétie, tanto en cuanto a estilo, una retórica llena de referencias a la antigüedad clásica; como en cuanto a la tesis, apuntada de forma implícita en El Príncipe (1513), de que el poder sólo puede existir si se nutre del consentimiento de los súbditos. Pero mientras el florentino se dirigía al gobernante advirtiéndole de los peligros de excederse en la injusticia y aconsejándole para forzar el consentimiento; La Boétie, se dirige a las masas y las exhorta a retirar el apoyo a los tiranos injustos y hacer una revuelta pacífica contra el gobierno ilegítimo. Para el pensador francés, lo único que hace falta para acabar con la tiranía es que el pueblo se decida a ser libre, ésta es la gran novedad aportada por su discurso:

"Os debilitáis para que sea más fuerte y os tenga más rudamente sujetos a rienda corta. Y de tantas indignidades que los animales mismos no soportarían, podríais liberaros si intentarais, no liberaros, sino solamente desearlo. Decidid no servirle más, y ya seréis libres. No os pido que lo empujéis, que lo sacudáis, sino solamente que no lo sostengáis, y entonces podréis ver que, al modo de un gran coloso del que se ha resquebrajado el pedestal, se derrumba bajo su propio peso y se rompe."[1]

La Boétie, que no contaba con más de dieciocho años cuando escribió su discurso, nunca lo publicó. Al acabar los estudios gozó del favor del monarca y se dedicó a la política, posicionándose en un conservadurismo moderado; sin embargo, después de su prematura muerte, su discurso siguió un camino propio y fue empleado por los que habían sido sus adversarios políticos. Fueron los hugonotes más radicales los primeros en publicar de forma anónima en varios panfletos como Reveille-Matin des François (1574), que atacaban las posiciones católicas que había defendido La Boétie.

Pero aquellos calvinistas no podían limitarse a reivindicar la desobediencia de las leyes injustas. Con la agudización de los enfrentamientos entre católicos y protestantes y, más concretamente, con la masacre del día de San Bartolomé en París, se puso de manifiesto que ante una monarquía que amenazaba no sólo la existencia de la nueva iglesia calvinista, sino también la vida física de sus miembros, los hugonotes estaban obligados a complementar su oposición teológica con una oposición política, y a fundamentar doctrinalmente el derecho de resistencia y de rebelión. El 1573 aparece la obra Francogalia de François Hotman, considerada el primer programa político de los hugonotes y una de las primeras muestras teóricas de rechazo al absolutismo, y en la que se hablaba del vínculo contractual entre gobernantes y súbditos, y del derecho de estos a alzarse en rebeldía si el pacto era violado. Théodore de Béze en De Iure Magistratum (1574) también enmarcaba los supuestos legales que autorizaban a la resistencia, y defendía la existencia de unos derechos humanos inviolables y de un poder judicial independiente. La influencia del Discurso fue decisiva en la obra de aquellos monarcómanos hugonotes que, en plena construcción del Estado moderno, reavivaron la doctrina del tiranicidio pero también asentaron muchas de las bases de las futuras democracias representativas.

La reflexión de estos y otros monarcómanos como Althussius o Plessis-Mornay, fue resultado de una situación política extrema, un abuso de poder despiadado en el contexto de las guerras de religión. Sus textos eran estrechamente legalistas, ajustándose a demandas concretas de derechos y libertades en la Francia gobernada por la casa de Guisa. El discurso de La Boétie, en cambio, no era un ataque a una tiranía concreta, sino que al desvelar los mecanismos ocultos de la dominación, era un ataque a todas las formas de opresión. El pensamiento de La Boétie, fue más abstracto, más universal y, como explica Rothbard, aún más radical al apostar por la desobediencia civil masiva y no violenta como método de derrocamiento del tirano.[2] Por eso su influencia se dejaría ver en la defensa del derecho a la rebelión de John Locke, en la desobediencia civil de Thoreau, y en todo el pensamiento libertario.

Hoy el Discurso nos sigue interpelando porque las formas de dominación que se han sucedido desde el siglo XVI hasta la actualidad, siguen comportándose según el mismo esquema descrito por aquel joven estudiante de dieciocho años. Continuamos encontrando ejemplos de las versiones totalitarias de la tiranía que se desarrollaron en el siglo XX, en las que el control de la información y el culto al líder de los que hablaba La Boétie, pueden alcanzar cotas tan elevadas como las de la actual Corea del Norte. En otras latitudes, la tiranía no es tan personalista y hermética como la de Kim Jong-Un, los centros de poder se han vuelto más difusos y las formas de dominación más sutiles. Mediante la educación a medida de las demandas del mercado, los entretenimientos narcóticos en televisiones y estadios, y el fomento de un hedonismo consumista; se busca la aceptación acrítica de la sociedad, que es la versión actual de la servidumbre voluntaria, arraigar la creencia de que no podemos hacer nada para cambiar la realidad y sólo podemos adaptarnos a ella. El principal objetivo de los nuevos señores es conseguir que las relaciones de dominio y sumisión sean percibidas como el orden natural del mundo.

Hoy La Boétie nos sigue advirtiendo de la facilidad con la que nuestros impulsos de libertad pueden ser fácilmente domesticados. Nos sigue advirtiendo que siempre habrá quien intente convencernos de aceptar una realidad que le es favorable, y de nuestra tendencia a aceptar esta realidad por injusta que sea. Bueno, por injusta que sea no, la historia nos muestra que hay unos límites de injusticia que pueden desencadenar la desobediencia masiva, ya sea en su forma pacífica o en la de revueltas violentas. La desobediencia se muestra como uno de los principales motores de la historia, una historia en la que siempre acaba resurgiendo la tan humana tendencia a la servidumbre.


[1] ÉTIENNE DE LA BOÉTIE, Discurso de la servidumbre voluntaria, Madrid: Tecnos, 2010. Pág. 23.
[2] ROTHBARD, MURRAY N.  “Ending Tyranny Without Violence”, http://www.lewrockwell.com/1970/01/murray-n-rothbard/overthrowing-the-state/

martes, 10 de febrero de 2015

ÉTIENNE DE LA BOÉTIE: SERVIDUMBRE Y DESOBEDIENCIA (I)

 “Por el momento solamente quisiera entender cómo es posible que tantos hombres, tantos burgos, tantas ciudades, tantas naciones, soporten a veces a un solo tirano que no tiene más fuerza de la que ellos le dan, que sólo puede perjudicarlos mientras ellos lo quieran soportar y que no podría hacerles ningún mal si dejara de sufrirle todo, como lo sufren por no contradecirle.” [1]
El año 1548, en la antigua provincia francesa de Guyena, tuvo lugar la llamada Revuelta de los Pinauds, o Revuelta de la Gabela. La gabela, el impuesto que gravaba la sal, era uno de los impuestos más odiados en Francia, no solo por el hecho de que la sal era un bien indispensable, también porque su comercio era monopolio del Estado y porque los encargados de recaudarla eran a menudo corruptos. La extensión del impuesto en el suroeste francés, zona de marismas donde tradicionalmente se había comerciado de forma libre con la sal, provocó una serie de detenciones por contrabando y pequeñas revueltas que desencadenarían la gran revuelta del 1548.

Los recaudadores del impuesto fueron cazados y asesinados en varios pueblos de la región a la vez que en Burdeos, la capital, estallaron violentos disturbios donde fueron asesinados el gobernador del rey y una veintena de oficiales. El rey Enrique II, con tal de imponer un castigo ejemplar, envió un ejército comandado por Anne de Montmorency para aplastar las insurrecciones y reprimió fuertemente la ciudad de Burdeos. Se suspendió el parlamento, se requisaron las armas, y se impusieron unas multas exorbitantes. Ciento cuarenta personas fueron condenadas a muerte, muchas otras fueron azotadas mientras en los campos, los líderes rebeldes eran colgados.

Fue probablemente, todo aquel contexto de desmedida represión lo que inspiró a un muy joven estudiante de abogacía de la Universidad de Orleans a preguntarse cómo la voluntad de todo un país podía ser doblegada por la de un solo hombre. De aquellas reflexiones surgió el Discurso sobre la servidumbre voluntaria, un panfleto escrito por Étienne de La Boétie (1530-1563) que marcó el inicio de la teoría política francesa.



La Boétie quiso desentrañar los mecanismos psicológicos que llevan a los pueblos a someterse a la voluntad de un solo hombre, por más cruel y arbitraria que ésta fuera. Una servidumbre de la que se podrían librarse fácilmente dada la correlación de fuerzas. En otras palabras, quiere descubrir el misterio de la obediencia civil, que lleva a la masa a permanecer esclavizada, a dar su consentimiento a la propia opresión y suministrar al tirano los instrumentos para llevarla a cabo. La servidumbre voluntaria es un "vicio monstruoso" contrario a la razón y al impulso natural hacia la libertad.

Para La Boétie el principal motivo que lleva a la servidumbre voluntaria es la costumbre. Los que nacen en la esclavitud y no han conocido otra situación, la toman por el orden natural o la  voluntad divina, y no sospechan la propia capacidad para cambiar una realidad injustamente desfavorable. Acostumbrados a la esclavitud, los hombres pierden el valor de luchar por la libertad, aún más, pierden el valor de desearla.

Los tiranos, por su parte, utilizan varios sistemas para perpetuar la obediencia. Desde una mistificación del gobernante que atribuye un origen divino o mítico en su poder, hasta la provisión asistencial de alimentos y de entretenimiento de baja calidad, el panem et circenses de la Antigua Roma; pasando por la restricción del acceso a la educación, la represión de la disidencia y el mantenimiento de una casta jerárquica de empleados estatales que venden su fidelidad a cambio de privilegios. Así, el deseo natural de libertad del ser humano es doblegado por la fuerza de la costumbre sumada a la propaganda ideológica, los espectáculos narcóticos y la obstaculización del librepensamiento.

Se trata de una obra paradójica en diferentes sentidos. Empezando por un título que confronta dos términos en principio antagónicos como "servidumbre" y "voluntaria". Es en este punto donde radica la originalidad de la obra de La Boétie, al entender que la tiranía es una consecuencia de la voluntad de los súbditos y no de la del tirano. De esta tesis se desprende una visión pesimista del ser humano, por el hecho de caer inevitablemente en el vicio de la servidumbre llegando a someterse a condiciones totalmente indignas. Esta visión pesimista contrasta con el optimismo antropocentrista que imperaba entre los humanistas del Renacimiento y situaría a La Boétie en la línea de pensadores posteriores como Thomas Hobbes. Pero del Discurso también se desprende una exhortación a librarse de la tiranía y cierta esperanza en el papel de la educación y del librepensamiento, y eso lo situaría en la línea del humanismo de los ilustrados del siglo XVIII.

Aún podríamos señalar una paradoja más: aunque después de terminar sus estudios La Boétie se convirtió en un fiel servidor del orden y de la ley, su escrito se convirtió en un llamamiento a la desobediencia fundamentado en un derecho natural a la libertad; un llamamiento que, aún hoy, mantiene un gran poder subversivo.





[1] ÉTIENNE DE LA BOÉTIE, Discurso de la servidumbre voluntaria, Madrid: Tecnos, 2010. Pág. 5.

jueves, 18 de octubre de 2012

ORGULLO Y NACIONALISMO

En unas declaraciones recientes, Esperanza Aguirre afirma que la educación no debe servir para manipular sino para instruir, los niños deben aprender "a sumar, a leer y la historia verdadera, no la que inventan los nacionalistas". Hasta aquí ninguna objeción, pero luego añade: "España es una gran nación, con 3.000 años de historia. Eso lo tienen que saber los niños ", y se quedó tan ancha.

En el debate soberanista, se produce un hecho curioso. Mientras el nacionalismo catalán o el vasco no tienen ningún problema en aceptar que defienden una ideología nacionalista, al otro lado se encuentran un nacionalismo que niega ser nacionalista. Esta jugada le sirve para poder utilizar la abundante literatura que critica la ideología nacionalista en general (por idealista, sentimentalista, irracional, etc.) contra el caso concreto del nacionalismo catalán, sin tener que aceptar esas críticas en contrapartida.


Defender que en España sólo hay y debe haber una única nación, es una forma de nacionalismo, por más que se empeñen en negar esta evidencia. Ser no-nacionalista podría ser defender un Estado plurinacional, o defender el cosmopolitismo y el dejando de lado debates identitarios, pero no se puede afirmar que uno es no-nacionalista cuando se afirman cosas como las que dice el ex-ministra de Cultura.


Pero que nieguen que sean nacionalistas contra toda evidencia, no es en mi opinión lo más grave, sino el hecho de que nieguen incluso, también contra toda evidencia, que el nacionalismo español exista. Si una ideología no existe, no puede distorsionar la percepción de la realidad, y no puede entrar en contradicción con otras ideologías de la derecha española como el neoliberalismo, por ejemplo. Es por eso que no ven ningún problema en españolizar a los niños catalanes. Si no hay una ideología nacionalista española no hay ningún inconveniente en enseñar que sólo existe una nación en España, que eso de la autodeterminación sólo es un derecho del pueblo español, etc. Todo esto no es adoctrinar, es contar la verdad, porque ellos captan la realidad sin ningún tipo de sesgo ideológico i cualquier otra cosa es manipulación y sectarismo. Quizá sea de esta capacidad para conocer la verdad de donde proviene el aire de superioridad que se desprende de las declaraciones de dirigentes del PP como Aguirre, Montoro o Wert.


El actual ministro de Cultura, matizó su voluntad de españolizar diciendo que lo que quiere su gobierno es que los niños se sientan tan orgullosos de ser españoles como de ser catalanes. Y eso lo quieren conseguir enseñando la historia tal como es? Como si en toda historia no hubiera tantos o más motivos de vergüenza que de orgullo. Como dijo Bernard B. de Fontenelle, el orgullo es el complemento de la ignorancia. Seguramente, sobretodo en el caso de un político, no hay peor ignorancia que la de no conocerse a uno mismo, no aceptar las propias debilidades o que los propios sentimientos y prejuicios puedan afectar la visión de la realidad.



Bernard Le Bovier de Fontenelle (1657-1757)


Hay quien defiende el orgullo como una virtud, como la filósofa Ayn Raid, pero se trata de un orgullo que proviene de llevar una vida consecuente con unos valores morales. Es también el orgullo que defiende el personaje de Darcy en Orgullo y Prejuicio de Jane Austen, pero no es el orgullo que nos ocupa, este es el orgullo de quien se sobrevalora por encima de los demás porque se cree en posesión de la verdad. La falta de virtudes como la humildad o la prudencia, puede ser agudizada cuando se ostenta el poder, entonces se convierte hybris, lo más parecido a cometer un pecado en la Antigua Grecia, cuando la soberbia provoca un desprecio temerario hacia los demás. En personajes como en Wert o en Montoro, esta soberbia se manifiesta en todo su esplendor.

Es por ello que el diálogo entre los dos nacionalismos se hace imposible, porque al menos una de las dos partes no contempla la posibilidad de equivocarse, como explicaba Bertrand Russell sobre Oliver Cromwell[1].  También es uno de los motivos por los que la causa del nacionalismo catalán va sumando adeptos, y es que este nacionalismo español que ahora tiene el poder en España resulta especialmente antipático en Cataluña, tanto para los nacionalistas como para los que no lo son.



[1] «Creo que quizás una de las cosas más sabias que jamás se hayan dicho fue pronunciada cuando Cromwell dijo a los escoceses, antes de la batalla de Dunbar: "Os lo ruego por las entrañas de Cristo: creed posible que estéis equivocados". Pero los escoceses no creyeron tal cosa, y entonces tuvo que derrotarlos en la batalla. Es una lástima que Cromwell nunca se haya hecho la misma observación a sí mismo. » (BERTRAND RUSSELL, Ensayos impopulares, Capítulo 10).

jueves, 13 de septiembre de 2012

DEL MECANICISMO A LA RELIGIÓN ECONÓMICA (II)



Aunque se suele suponer que el pensamiento moderno nació en oposición al aristotelismo ortodoxo, lo cierto es que lo hizo en oposición principalmente al paradigma naturalista-animista que dominaba en el Renacimiento tardío con pensadores como Giordano Bruno, o Tomasso Campanella. Fuera de los ambientes académicos donde sí dominaba el aristotelismo y la autoridad del texto bíblico, la "filosofía natural" de los humanistas estaba influida por el neoplatonismo y el hermetismo[1], y no distinguía entre ciencia, metafísica y magia. De hecho la magia, la cábala, la alquimia y la astrología fueron decisivas durante los primeros pasos del mecanicismo y la Nueva Ciencia, y no se podría entender la Revolución Científica sin ellas.

La conmoción que significó la cosmología copernicana y los nuevos descubrimientos navales, hicieron tambalear la tierra bajo los pies de los europeos. Por un lado se cuestionaban todas las interpretaciones tradicionales, pero por el otro, las nuevas experiencias eran recibidas sin ningún sentido crítico. Se estaba dispuesto a dar crédito a todo lo que se veía o se leía, no había ninguna ley o norma que separara el posible de lo imposible. Dominaba una experiencia del mundo crédula, que se explicaba desde el animismo y la magia: el mundo era un gran animal con conciencia del cual se podía esperar cualquier cosa, y sólo el conocimiento de las fuerzas ocultas podía comportar un cierto dominio de la naturaleza. La totalidad del cosmos estaba regida por extrañas fuerzas de tipo animal que se movían por la simpatía o la antipatía de sus partes, en un dinamismo imposible de prever y que sólo permitía la descripción de sus manifestaciones y su recopilación testimonial.



Joseph Wright of Derby (1734-1797): The Alchymist in Search of the Philosophers' Stone Discovers Phosphorus http://www.artexpertswebsite.com/pages/artists/wright.php 

En los inicios del siglo XVII la hipótesis del "gran animal" se empezó a sustituir por la hipótesis del "gran mecanismo" en adoptarse como modelo explicativo la tecnología más desarrollada del momento: la mecánica, con sus relojes y autómatas. El mecanicismo concebía un universo formado por partes articuladas en movimiento en una relación de causa-efecto entre ellas. El cambio de metáfora permitía reducir la realidad a leyes matemáticas y aprovechar así todo el conocimiento matemático acumulado por el ocultismo pitagórico y las especulaciones cabalísticas. Gracias al trabajo de Galileo y Kepler la Ciencia, que hasta entonces se había limitado a una minuciosa acumulación de datos, fue capaz de empezar a formular las leyes físicas del "Gran Libro de la Naturaleza".

Los buenos resultados de la hipótesis mecanicista, tanto a la hora de predecir fenómenos como en su aplicación técnica, permitieron cumplir en cierto modo el ideal mágico-alquímico de dominio de la naturaleza, la antigua búsqueda del conocimiento para predecir y controlar las fuerzas del "gran animal". El mismo Descartes, que fue quien hizo la formulación más nítida del mecanicismo, también personificó esa voluntad de dominio. Él quería extender la fiabilidad de las matemáticas a todo el conocimiento. Su método debía permitir al individuo moderno hacerse el dueño de la naturaleza superando todas las limitaciones que ésta le imponía. Una de sus principales motivaciones era similar a la de los alquimistas, encontrar la manera de alargar la vida de forma indefinida. Así, el modelo mecanicista pronto se aplicó también al estudio del cuerpo humano (como de hecho ya había hecho Leonardo) revolucionando el campo de la medicina, donde se produjo una revolución casi tan importante como la que se llevó a cabo en astronomía.

La razón y el método científico se convirtieron en los grandes instrumentos para perpetuar la voluntad de poder de los magos renacentistas que, con la Ilustración, adquirió un carácter más abierto. La ciencia fue concebida como un discurso liberador: el dominio de la naturaleza estaba al servicio de la humanidad y era también una forma de combatir las formas de dominio ideológico basadas en la ignorancia y la superstición. Hacia 1690 la revolución científica ya se había culminado en cuanto a la teoría[2], ahora lo que necesitaba era divulgar aquellos conocimientos y sacar provecho para el progreso hacia la felicidad humana. El desarrollo de la ciencia debía permitir el dominio completo de la naturaleza mediante su aplicación técnica, mientras que el conocimiento aplicado al hombre y a la sociedad debía permitir la evolución política y social, que se retroalimentaría a través del educación de las nuevas generaciones en un progreso de alcance inimaginable.

La fe mecanicista en la capacidad de la razón y la tecnología para permitir a la humanidad triunfar por encima de todas las limitaciones naturales, ha pervivido hasta nuestros días a través de mitos como los de Frankenstein hasta llegar a los cyborgs y viajes interestelares de la ciencia ficción. Como los antiguos alquimistas que dedicaban sus vidas a la búsqueda de la fuente de la eterna juventud, ahora se cree que gracias al conocimiento científico y a la tecnología seremos capaces de superar las imposiciones de las leyes de la entropía, y superar la escasez de recursos y la crisis energética a las que conduce el dogma del crecimiento económico. Como explica Roegen, la tesis favorita de los economistas, ya sean liberales o marxistas, es que el poder de la tecnología no tiene límites: siempre seremos capaces de encontrar sustitutos a un recurso escaso y de aumentar la productividad de cualquier tipo de energía y material. Puesto que gracias al desarrollo de los medios de explotación agrícola, se evitó que se cumplieran las catástrofes anunciadas por Malthus, se confía en que se podrán seguir superando las limitaciones que salgan al paso. Para los fanáticos del crecimiento insistir en la existencia de un límite a la capacidad tecnológica significa negar el poder del hombre para influir en el progreso. [3]

El antiguo modelo mágico de interpretación de la naturaleza sobrevivió al mecanicismo en forma de sectas esotéricas minoritarias y, en muchos aspectos, también en la religión económica. Las élites del mundo financiero que ven la economía como un organismo vivo que crece y crece de forma indefinida, se comportan como las antiguas sectas dedicadas a la magia oscura. Los nuevos magos de las finanzas creen estar en posesión del conocimiento oculto que permite prever y dominar los movimientos del "gran animal". Sólo los elegidos pueden ser iniciados en el lenguaje hermético y la matemática cabalística que permiten predecir las manifestaciones de las fuerzas ocultas: los flujos de capital que crean las grandes riquezas. Con las matemáticas y la tecnología más avanzadas a su servicio, los magos de la economía financiera han creado una realidad: la de los flujos de capital a escala global, una realidad en la que todo aquello que no forma parte de las transacciones de capital no existe. Han creado una realidad a medida y han conseguido hacer creer al resto de los ciudadanos que el conocimiento de sus mecanismos escapa a sus capacidades.

Los magos de las finanzas son la casta sacerdotal de la religión económica, son también los asesores a los que el poder político acude para tomar las decisiones relacionadas con la economía. Siglos después de ponerse en marcha el proyecto ilustrado que debía separar definitivamente la razón de la fe, resulta que los más devotos de la religión del capital son, precisamente, aquellos que toman las decisiones políticas. Y lo hacen sin atender a criterios que no sean los de eficiencia y productividad, y sin tener en cuenta ninguna consideración ética ni alguna referencia a objetivos sociales.

De forma recurrente los aprendices de brujo pierden el dominio de su magia y las burbujas que han hecho crecer con ella estallan de forma violenta y cruel. Los efectos de las explosiones los reciben los que viven en la economía real, pero son perfectamente asumibles por los magos, que se aseguran que sus posiciones de dominio no se vean afectadas por las crisis que provocan. Han conseguido que las otras realidades queden por debajo de la suya y han creado las reglas del juego para ganar siempre.

BIBLIOGRAFíA

FEBVRE, L., “Los orígenes del espíritu moderno: libertinaje, naturalismo y mecanicismo”, a Erasmo, la contrarreforma y el espíritu moderno, Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 1970.
REALE, G. i ANTISERI, D., “Del Humanismo a Descartes”, a Historia de la Filosofía II, Tomo 1, Barcelona: Herder, 2010.
SHORTO, R., Els ossos de Descartes, Barcelona: La campana, 2009.
TURRÓ, S.,  Descartes. Del hermetismo a la nueva ciencia, Barcelona: Anthropos, 1985.
TODOROV, T., El espíritu de la Ilustración, Barcelona: Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores, 2008.              




[1]Para el platonismo renacentista, con Ficino al frente, una de las autoridades era el Corpus Hermeticum, considerado antiquísimo y atribuido a Hermes Trimegisto, a pesar de tratarse de una falsificación del siglo II d.C.  impregnada de platonismo y cristianismo primitivo. El hecho de atribuirle veracidad llevó a creer que Jesucristo y Platón eran portadores de una sabiduría mucho más antigua. Sucedió lo mismo con los Oráculos Caldeos, atribuidos a Zoroastro, y con los Himnos órficos, atribuidos a Orfeo. Los tres textos fueron considerados auténticos y contribuyeron a la aceptación de la magia, la alquimia y la teúrgia, y a que muchos pensadores como Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, o Agrippa, quisieran hacerlas compatibles con el cristianismo.
[2] En el año 1687, Newton publicó sus Principios de filosofía natural, que significó la culminación de les pretensiones enraizadas en el Renacimiento de comprender las leyes naturales a través de las matemáticas.

[3] NICHOLAS GEORGESCU-ROEGEN: "Energy and Economic Myths" , Southern Economic Journal 41, no. 3, January 1975)

viernes, 6 de julio de 2012

Del mecanicismo a la religión económica (I)



En los años 70 del pasado siglo, el matemático y economista Nicholas Georgescu-Roegen, quiso cambiar el papel que en la teoría económica jugaba la naturaleza, relegada a ser una fuente infinita de recursos puesta al servicio del ser humano. El matemático y economista rumano criticó el hecho de que los economistas neoclásicos hubiesen adoptado un modelo mecanicista para explicar los procesos económicos.

El mecanicismo fue la concepción de la naturaleza que se impuso durante el siglo XVII según la cual, el Universo debe entenderse como un sistema mecánico, compuesto por materia y movimiento. Los seres naturales y los fenómenos físicos son como artefactos compuestos por partes más simples que se relacionan por causa y efecto, siguiendo un sistema de leyes que pueden ser descubiertas gracias al uso de la razón y las matemáticas.

Para Roegen, la mentalidad mecanicista es claramente identificable en el núcleo de la economía capitalista moderna. El pensamiento económico tradicional, tanto en su forma liberal como en la marxista, estudian los fenómenos de la realidad económica individualmente, como si fueran reversibles y tendieran a alcanzar puntos de equilibrio en los que se maximicen beneficios, utilidades o intereses individuales. La confusión de "desarrollo" y "crecimiento" es una de las principales consecuencias de esta mentalidad mecanicista que sólo tiene en cuenta lo que sea cuantificable.



Para el matemático y economista rumano, ya había llegado la hora de que en el ámbito de la economía se cambiara de paradigma como se había cambiado en el ámbito de las ciencias naturales con la aparición de la termodinámica y de las teorías de Einstein. Roegen encontró en la ley de la entropía una ley económica esencial, que le llevó a desarrollar los conceptos de "decrecimiento" y de “bioeconomía”,  y que fue de una gran influencia en el movimiento ecologista.

Resumiendo, lo que nos dice la ley de la entropía es que en todas las transformaciones energéticas se disipa energía (la energía disponible pasa a ser energía no disponible), y que toda transformación en el medio natural conlleva una degradación irreversible de los recursos. La Tierra no es un sistema cerrado, sino que intercambia energía con el resto del Universo, del mismo modo que la sociedad humana no está separada de la realidad física. Por estos motivos el ámbito económico no puede escapar de la irreversibilidad de los procesos químicos y hay que aceptar la existencia de unos límites para el crecimiento económico. Las sociedades se desarrollan, pero no crecen si no es en número de individuos; el crecimiento es algo propio de los seres vivos que nacen, crecen, se reproducen y mueren. A pesar de ello, la economía mecanicista se fundamenta en una ingenua creencia en el crecimiento perpetuo, que se olvida de la inevitable degradación de la materia i pèrdida de energía .

La obviedad de que no puede haber un crecimiento infinito en un sistema finito, que ya había aplicado en economía John Stuart Mill en el siglo XIX y que Roegen volvió a poner sobre la mesa hace más de cuarenta años, sigue sin ser aceptada hoy en día. ¿Por qué? En mi opinión la respuesta se encuentra en el hecho de que el pensamiento económico ya hace tiempo que se convirtió en una especie de pensamiento religioso, por lo que sus contradicciones e incongruencias no pueden ser aceptadas fácilmente ni por sus sacerdotes ni por sus fieles. La aparición de esta religión y la manera en que se extendió hasta dominar el mundo occidental también está íntimamente relacionada con el devenir del mecanicismo.

Los mecanicistas del siglo XVII descubrieron que la maravillosa máquina desmontable que era la naturaleza revelaba sus secretos siempre y cuando se supiera como observarla y descubrir las combinaciones aritméticas y geométricas entre sus partes. Desarrollaron una metodología para conseguirlo, y originaron así la Revolución Científica. La aplicación de la hipótesis mecanicista supuso grandes descubrimientos que cambiaron la imagen del mundo y del ser humano, chocando con las imágenes establecidas por los dictados de las Sagradas Escrituras siglos atrás. La Nueva Ciencia no se conformaba con poner en duda algunos de los postulados de la Iglesia, sino que también invitaba a adoptar una actitud crítica poco compatible con el dogma. Los librepensadores empezaron a abrazar formas de deísmo, panteísmo y ateísmo mientras soñaban las bondades de una sociedad libre de misticismo.

René Descartes (1596-1650) hizo grandes aportaciones a la ciencia mecanicista, pero también fue el principal responsable de su imposición en el plano ideológico. Se dio cuenta pronto de que la nueva ciencia mecanicista no casaba con la vieja metafísica aristotélica, y encontró la manera de darle un fundamento metafísico nuevo, creando la metafísica del sujeto e inaugurando así la filosofía moderna.



Descartes separó la parte a la que se podía aplicar la hipótesis mecanicista de la que no, el mundo material del espiritual. Ambas partes compartían una cosa, la racionalidad, esto es lo que permitía que a través de la razón geométrica se pudieran descubrir las leyes que regían la naturaleza. La existencia de un Dios benévolo garantizaba la racionalidad de la realidad y justificaba la fiabilidad del conocimiento científico. Esta capacidad específica del hombre, la racionalidad, sería la base de la creencia en la dignidad del hombre por encima de los otros seres. Una creencia heredada del humanismo renacentista que había situado al hombre en lo alto de la Creación.

El orden racional establecido en la Creación fue la base metafísica que permitió creer en la capacidad humana para dar un curso racional a la historia, y en la mejora continua de la sociedad en el aspecto económico, cultural y, sobre todo, moral. La idea cartesiana de una aplicación de la racionalidad técnica para la salud y el bienestar se complementó con el desarrollo de una conciencia histórica, dando lugar a la idea de progreso ilustrado. Los ilustrados eran conscientes de que estaban contribuyendo a un gran cambio histórico, un gran paso adelante en el progreso de la humanidad. La Enciclopedia fue su gran monumento al conocimiento. Pretendía ser su legado a las generaciones futuras, un punto de partida para la construcción de un futuro más racional más justo y feliz,  construcción que requeriría grandes cambios sociales y educativos. Para Kant, la moralización de los individuos a través de la educación llevaría a la perfección de la sociedad ya la paz perpetua. La fe ilimitada en la racionalidad, debilitó el poder ideológico de la autoridad religiosa y hizo que el Progreso fuera ocupando progresivamente el lugar del Absoluto.

Pero el desarrollo del capitalismo, entonces en su fase mercantilista, fue vaciando de contenido moral aquella fe en el Progreso. A pesar de los esfuerzos de algunos de sus primeros teóricos, como Adam Smith (1723-1790), la acumulación de riqueza se convirtió en la principal virtud, la que legitimaba las nuevas jerarquías sociales. Por este motivo la economía, que si bien en su nacimiento era una herramienta más para entender la sociedad, estuvo íntimamente relacionada con el poder político desde el primer momento y el padre de la fisiocracia F. Quesnay (1694-1774), era llamado por Luis XV "mi pensador" en la corte de Versailles.

Como explica Michel Onfray, la fisiocracia y su principal opositor, Adam Smith, compartían la idea principal de una armonía preestablecida, típica de los deístas ilustrados; la idea de que hay una voluntad divina que garantiza la perfección del mundo. [1] De ahí que el "Laissez-faire" de los fisiócratas concuerde tan bien con la idea de la "Mano invisible" de Smith. Estos primeros economistas dejaron formulada lo que sería la metafísica del capitalismo que poco a poco iría ganando posiciones entre las otras creencias dominantes en la sociedad occidental. La creencia en las bondades del libre mercado tan aceptada en la actualidad, no deja de estar fundamentada en aquella metafísica tan extendida entre los intelectuales del siglo XVIII y XIX, ya fueran católicos, protestantes o librepensadores. Dios garantiza que el egoísmo dejado en libertad conduce al bien común.

La fe en el dios benévolo se fue debilitando con el avance de una ciencia que aportaba luz a los misterios que habían obligado a abrazar la religión en el pasado; pero en la misma medida, también iba aumentando la importancia del capital y el poder de los nuevos sacerdotes, los economistas. Ese "Progreso" que habían deificado los ilustrados se fue sustituyendo paulatinamente por el "crecimiento económico". A partir de entonces dominó la creencia de que el crecimiento, y sólo el crecimiento, es lo que permite el progreso de una sociedad. Pero a diferencia de  aquel Progreso ilustrado que tenía unos horizontes definidos en las sociedades perfectas imaginadas por los utopistas, el crecimiento económico no tiene ninguno.

No es necesario volver a recordar la barbarie del nazismo o de las Guerras mundiales para constatar la falsedad de aquella antigua fe en el progreso moral de la humanidad, nos basta con hacer un poco de zapping para hacerlo. Sin embargo, se sigue creyendo ciegamente en el crecimiento económico como herramienta de mejora, pero ¿cómo será el estado futuro mejorado por el crecimiento? Sin duda uno que requiera más y más crecimiento.

La fe ciega en el progreso de la humanidad de los siglos XVII y XVIII estaba fundamentada en la creencia más profunda de un orden garantizado por Dios, que garantizaba a la vez el orden del mundo físico y del mundo moral. Son los fundamentos metafísicos que se buscaron en el siglo XVII para justificar el mecanicismo. Hoy podemos preguntarnos cuántos de aquellos que defienden a ultranza las virtudes del liberalismo económico aceptarían también de buen grado aquellos presupuestos metafísicos. El capitalismo consumista de hoy en día no hace referencia alguna al orden sobrenatural para justificar sus mecanismos, pero en sus cimientos sigue estando aquella metafísica que tenía como centro un dios creador benévolo y un ser humano situado en la cima de su creación, con carta blanca para hacer con la naturaleza lo que más le convenga. Sólo atendiendo a estos cimientos sobrenaturales se puede entender que no se acepten las consecuencias tan nocivas como evidentes del capitalismo descontrolado.

El pensamiento crítico ha denunciado siempre aquellas ideologías, creencias y mitos que llevaban a la gente a defender cosas la falsedad de las cuales es palpable. La posibilidad de que haya un crecimiento infinito en un sistema finito es una de esas cosas y, además, delata que hay cierta ingenuidad suicida en nuestra naturaleza.

El crecimiento perpetuo debe ser desenmascarado como el gran mito de nuestros tiempos. Los debates sobre la salida de la crisis económica actual demuestran como las recetas del crecimiento se han aplicado y se aplican de forma acrítica. No importa que sea la obsesión por la acumulación de riqueza lo que nos ha traído hasta aquí; no importan las evidencias climatológicas, demográficas, biológicas y sociológicas que nos muestran una imagen desoladora del futuro; lo único que importa ahora mismo a los economistas es "volver a la senda del crecimiento".


BIBLIOGRAFIA:

SALVADOR GINER, El futuro del capitalismo, Barcelona: península, 2010.
MICHEL ONFRAY,  Política de rebelde, Barcelona: Anagrama, 2011 (1997).
GONÇAL MAYOS,  La Il·lustració, Barcelona: Editorial UOC, 2006.
SALVI TURRÓ, Descartes. Del hermetismo a la nueva ciencia, Barcelona: Anthropos, 1985.
RAMON ALCOBERRO: “Model especulatiu, crisi i decreixement”,  http://www.alcoberro.info/planes/decreixement04.htm
DIEGO MANSILLA: “Georgescu-Roegen: La entropía y la economía”,
NICHOLAS GEORGESCU-ROEGEN: "Energy and Economic Myths" , Southern Economic Journal 41, no. 3, January 1975), http://www.jayhanson.us/page148.htm
[1] M. ONFRAY (2011), pp. 107-109.